EL Proyecto 521 de 2025, Busca evitar el Consumo de sustancias Psicoactivas en la Localidad de Rafael Uribe Uribe

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Lejos de los discursos moralistas, talleres de fototerapia y proyectos comunitarios están demostrando que una cámara puede ser la herramienta más efectiva para alejar a los jóvenes del consumo de sustancias psicoactivas. La clave está en cambiar el foco: de la evasión a la creación.
En las esquinas de muchos barrios vulnerables, o en los pasillos de escuelas secundarias donde la presión de grupo asfixia, la narrativa del consumo de sustancias psicoactivas suele repetirse como un guion trágico. Sin embargo, en los últimos años, trabajadores sociales, psicólogos y educadores han descubierto un «antídoto» inesperado que no viene en un frasco de pastillas, sino que cabe en el bolsillo: la fotografía.
 
Lo que comenzó como un pasatiempo artístico se ha consolidado como una poderosa herramienta de prevención y rehabilitación. A través de la fototerapia y proyectos de intervención social, la cámara se ha convertido en un puente para que adolescentes y jóvenes en situación de riesgo reconecten con su entorno, gestionen sus emociones y encuentren un propósito que compita con los efectos de las drogas.

Cambiar el visor: De la evasión a la atención plena

«El consumo de sustancias suele ser un mecanismo de escape; una forma de anestesiar el dolor, el aburrimiento o la falta de pertenencia», explica la Dra. Laura Méndez, psicóloga clínica especializada en terapias expresivas y adicciones juveniles. «La fotografía obliga a hacer exactamente lo contrario: estar presente. Para tomar una buena foto, debes observar la luz, el entorno, las texturas. Es un ejercicio de mindfulness (atención plena) que satura la mente de estímulos positivos, dejando poco espacio para la ansiedad que suele empujar al consumo».
 
El acto de encuadrar una imagen devuelve al joven el control de su narrativa. En lugar de ser víctimas de su entorno, se convierten en cronistas de su propia realidad.
 

La dopamina de la creación

Desde el punto de vista de la neurociencia, las drogas psicoactivas secuestran el sistema de recompensa del cerebro, liberando picos artificiales de dopamina. La fotografía, por su parte, ofrece un sistema de recompensa natural y sostenible.
 
«Cuando un joven logra capturar esa imagen que tenía en la cabeza, o cuando recibe validación por su arte en una exposición comunitaria, su cerebro libera dopamina y endorfinas de forma saludable», señala el Dr. Carlos Arroyo, investigador en neurobiología de la conducta. «Estamos reemplazando la búsqueda de un ‘viaje’ químico por la emoción genuina del descubrimiento y la creación».
 

«Mi realidad es más interesante que cualquier sustancia»

Los números y las teorías se validan en el terreno. En la periferia de varias ciudades latinoamericanas y europeas, proyectos como Lentes de Libertad o Enfoque Urbano entregan cámaras (incluso desechables o de teléfonos móviles) a jóvenes en riesgo de exclusión social.
 
Mateo, de 17 años, participó en uno de estos talleres hace dos años. A los 14, había iniciado el consumo de cannabis y alcohol para «desconectar» de los problemas en casa. «Al principio me dieron la cámara por aburrimiento», relata Mateo mientras ajusta el lente de su cámara réflex. «Pero empecé a fotografiar las grietas de mi barrio, los rostros de los ancianos, los atardeceres desde la azotea. Me di cuenta de que mi entorno tenía una belleza cruda que yo no veía porque estaba drogado. Hoy, mi mayor adicción es buscar la luz perfecta al amanecer. No necesito escapar de mi vida, ahora quiero documentarla».
La prevención de adicciones no solo trata sobre química cerebral, sino sobre tejido social. El aislamiento es el caldo de cultivo perfecto para las adicciones. Los clubes de fotografía generan «tribus» o comunidades de pertenencia basadas en el respeto mutuo y la creatividad, alejadas de los círculos donde se normaliza el consumo.
 
Además, la fotografía eleva la autoestima. Un joven que es etiquetado como «problemático» o «vago» de repente es visto por su comunidad como «el fotógrafo», «el artista». Ese cambio de identidad es, según los sociólogos, el factor protector más fuerte contra las recaídas en el consumo.
 

Un nuevo ángulo para la prevención

Las instituciones de salud pública están comenzando a tomar nota. Los programas de prevención tradicionales, basados en el miedo («las drogas destruyen tu cuerpo»), han demostrado ser poco efectivos en la generación Z. Los jóvenes no responden al miedo, responden a la autenticidad y a la búsqueda de identidad.
 
La fotografía no promete curar el mundo, pero sí ofrece una ventana a través de la cual los jóvenes pueden volver a enamorarlo. Como bien resume la fotógrafa y educadora social Ana Torres: «La prevención no siempre requiere discursos; a veces, solo necesita que le prestes a un joven una cámara para que descubra que su perspectiva es valiosa. Mientras un joven tenga un motivo para capturar la belleza, difícilmente buscará destruirla».

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